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4/09/2017

Tlaloc: el Dios de las aguas


Santiago Villarreal Cuéllar

Cuando el poderoso Dios Tlaloc, suprema autoridad de las aguas celestes, juega con las Ondinas y Nereidas, diosas de fuentes, lagunas, quebradas y ríos, se desatan terribles tormentas interestelares capaces de prolongarse por largo tiempo, o hacer que las nubes se acumulen y luego se precipiten hasta ocasionar grandes daños en la tierra. Eso ocurrió en el Macizo Colombiano la noche del 31 de marzo al amanecer del 01 de abril de 2017. El resultado: las avalanchas que borraron del mapa varios barrios de la ciudad de Mocoa, matando cientos de personas y dejando en la calle a miles.

En la cultura Azteca se invocaba al Dios Tlaloc cuando sembraban maíz, o/u otros cultivos alimenticios. Nuestros aborígenes sabían el secreto de la agricultura: agua, sol y tierra. La Madre Tierra aportaba su vientre para gestar la semilla, el Dios Sol generaba calor suficiente para su germinación, y Tlaloc suministraba el vital líquido para saciar la sed del embrión. Luego reventaba el cultivo y esos tres seres extrasensoriales continuaban su valioso aporte para levantar las plantas, hacerlas florecer y luego llegaba la cosecha. Para que la cosecha fuera abundante, los chamanes llevaban hasta las parcelas a varios adolescentes hombres, quienes se masturbaban y derramaban su simiente encima de las semillas germinadas.  

Las Ondinas y Nereidas son seres inefables de inigualable belleza, que para algunas culturas pueden ser mujeres por sus rostros angelicales y sus delicadas extremidades. Sin embargo, estos seres de la Cuarta Dimensión son asexuados debido a que en esos lugares espirituales la sexualidad y genitalidad son inexistentes. En la cultura Nórdica europea estas diosas juguetean en ríos, lagunas y fuentes de aguas cristalinas. Son las hijas de Wotan, el poderoso Dios de la guerra, y Erda, la Diosa de la Tierra.

Para los modernos meteorólogos estas tormentas como la de Mocoa son producidas por la acumulación de nubes y corrientes de aire que originan la tormenta. Para nuestros aborígenes los dioses aún viven.    


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